Los seis años de la Gran Victoria me han permitido diseñar la no-Ultraproductividad – entre otras muchas cosas más. Digamos que es la «otra parte» de ser ultraproductivos sin que el motor sea hacer más, ser más y tener más.
La Ultraproductividad es un método y una multitud de sistemas que pasaron de tener el núcleo en trabajar menos, producir más y vivir mejor a: trabajar con excelencia, producir con excelencia y vivir con excelencia. Era lo acertado, y ha funcionado. Sin embargo, ¿qué pasa durante casi seis años con este método cuando desaparece tu vida, tus sistemas, tu trabajo, relaciones, tu estilo de vida y hasta la forma habitar este mundo?

En estos años fui creando de manera natural la «no-Ultraproductividad». Una parte del método diseñada para no acabar siendo esclavo de lo que construiste para ser libre, de tu identidad, de lo que tienes, de tus hábitos, de tu propia disciplina y hasta de lo que más valoras. Esta «otra parte» no sustituye a la Ultraproductividad, sino que la completa, y la unión de ambas afecta y muta lo que contiene cada una.
Los primeros 7 códigos de la no-Ultraproductividad explicados
Aquí comparto los 7 primeros códigos, son la base. Al leerlos entenderás por qué:
1. La estructura maestra
Llevo años construyendo mi mañana, mi día, mi vida. Los pilares han cambiado de forma, de orden, de duración — nunca han sido los mismos dos días seguidos. Y en algún momento de este camino dejé de tener que decidir cuál tocaba. Ya no hay lista que consultar. Hay algo que se activa solo, que se adapta al día que tengo delante sin que yo tenga que hacerlo con fuerza de voluntad.
Eso es la estructura maestra. Los años de repetir, ajustar, cambiar el orden, cambiar la duración, terminan construyendo algo que ya no necesitas ejecutar conscientemente. Se ejecuta a través de ti. Como respirar. No llegas ahí de golpe. Llegas soltando la versión rígida del sistema, una y otra vez, hasta que lo que queda eres tú operando y no una serie de técnicas o hábitos.
2. El momento pide, tú respondes
El 90% de mi vida ha cambiado por completo. Solo un 10% ha quedado más o menos como estaba antes. Llevo un año y medio digiriendo exactamente esto. Hay personas, proyectos, identidades, formas de operar o estilos de vida que ya no están en la vida que ahora vivo. Antes mi respuesta era recuperar lo que siempre ha sido, insistir, volver, reconectar. Escribir o llamar otra vez. Proponer otra fecha. Buscar el hueco que la otra persona no estaba buscando.
Ahora la pregunta es distinta: ¿qué pide este momento? Y el momento nunca pide forzar, el Wu Wei. El momento pide lo que está pasando. Si alguien no está en tu vida, eso es lo que está pasando. Si insistes contra eso, estás forzando algo que ya te está diciendo lo que es. Y cuando fuerzas, lo notas en el cuerpo, en tu centro. No te sientes bien. Y la situación, insistas lo que insistas, pruebes lo que pruebes, no funciona. Dejar de insistir o intentar no es rendirse. Es dejar de pelearte con lo que ya está ocurriendo.
Espera, esto es solo un ejemplo. Piensa en todas las veces que vas en contra de algo que no debería costar pero te drena enormemente. Eso es el instante pidiéndote algo que tu mente todavía no está dispuesta a aceptar.
3. La disciplina que encadena
Hay cosas que me costó soltar más que ninguna otra en estos cinco años. La primera fue la forma en que entendía el meditar. Llevaba tanto tiempo haciéndolo de la misma manera que no podía dejar de hacerlo así. Era una necesidad, y eso me esclavizaba.
La segunda, mucho más difícil, fue todo el sistema construido alrededor de mi marca: publicar todos los días desde 2012, un podcast cada semana, un vídeo diario. Años de disciplina convertidos en identidad. Soltar eso me llevó más tiempo que cualquier otra cosa en La Gran Victoria. Y cuando lo solté, me liberé de esa parte de mí mismo que me encadenaba a alguien que ya no era. Descubrí que no lo necesitaba. Que el negocio no se derrumbó. Al contrario: siguió prosperando, sin el esfuerzo que yo estaba convencido de que era imprescindible.
El hábito que más te ha servido (y actualmente te sirve) puede ser exactamente el que más caro estás pagando ahora, sin que te des cuenta. La disciplina libera, no encadena.
4. El tiempo disuelto
Cuando tengo una reunión, mido el bloque de tiempo hasta llegar a ella. Ahí sí juego con el reloj. Pero cuando no tengo ningún compromiso por delante, no necesito saber qué hora es. No miro el marcador, no miro el teléfono. Ese tiempo no se mide, se vive.
Si quieres empezar a cambiar tu relación con el reloj sin soltarlo del todo, empieza por esto: identifica en tu día los momentos donde de verdad no necesitas saber la hora. Suelen ser más de los que crees. Y durante esos ratos — prueba con tres veces al día — esconde el teléfono, esconde el reloj. No es dejar de medir el tiempo. Es dejar de medir el tiempo que nunca necesitó ser medido.
5. La acción desde el centro
Cuando dudo de dónde viene lo que estoy a punto de hacer, cierro los ojos un segundo y me hago la pregunta: ¿sé de dónde viene esto?
Hay tres señales que me contestan sin que tenga que pensarlo.
- Una física: la siento en el centro del pecho. Cuando viene de ahí, hay una quietud reconocible.
- Una mental: cuando la mente ha tomado el control, lo noto porque empiezo a justificar, a darle vueltas, a construir el argumento de por qué tengo que hacerlo.
- Una emocional: la prisa. Cuando algo viene del miedo o de la obligación, siempre trae prisa.
No hace falta más análisis que ese. El cuerpo y la mente ya te están diciendo de dónde viene, antes de que actúes.
6. Cuanto menos necesitas, más libre eres
Hice la cuenta en serio. Necesidades reales, las que de verdad sostienen mi vida: entre seis y ocho. Necesidades construidas, las que me había inventado o había heredado sin cuestionarlas: alrededor de doscientas.
La más reveladora, la que más me costó ver como construida, fue el tiempo. Contar. Medir. Analizar cuánto corro, cuántos minutos escribo, cuántos hábitos he cumplido hoy, cuántas veces paré a respirar. Tener que hacer las cosas por horarios, estar en redes o estar comunicando continuamente. Tener que vender para vender o hacer negocio porque hay que hacer negocio.
Ninguna de esas cosas era una necesidad. Eran hábitos de supervivencia que confundí con requisitos de vida.
7. El descanso que no sirve a nada
Descansé de verdad por primera vez cuando empecé a desvincularme del tiempo a finales de abril de 2022. Cuando dejé de necesitar saber la calidad de mi sueño, cuántas horas había dormido, si había dormido cinco y «necesitaba dormir más».
La pregunta cambió. Ya no era cuánto ni cómo debería ser. Era simplemente: ¿qué he dormido? ¿Cómo está mi cuerpo? Dejé que los números, los patrones y las recomendaciones dejaran de guiar cómo vivo. Y un día, descansando, me pregunté para qué era ese descanso. Y la respuesta fue: para nada – como el gran Zazen. Solté el control del resultado.
Eso fue descanso de verdad. Antes de llegar ahí, lo que aparecía siempre era la prisa. La misma prisa que tenemos todos por llegar a un sitio al que, en realidad, nunca llegamos.
Aplica la impermanencia como brújula maestra
Piensa lo siguiente, puede que un día te des cuenta que llevas años ejecutando un método, viviendo una vida, haciendo las cosas, sin preguntarte si de verdad te representa y te lleva a vivir una vida realmente satisfactoria. Una de la que te sientas orgulloso.
¿Qué debería ser diferente entonces?
Pd. El método vuelve con un gran rediseño y este nuevo modelo de la no-Ultraproductividad.
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